Entre turrón y turrón

Todavía no se me ha pasado del todo la sorpresa que supuso para mí la intervención, en tiempo de réplica a los grupos parlamentarios, del presidente de Gobierno, Rodríguez Zapatero, en el último día del último de los plenos de la temporada que celebramos el pasado día 22 de Diciembre, hace cinco días.

Había acudido al Pleno para informar sobre el consejo europeo de los días 16 y 17 de diciembre en Bruselas. Los diputados éramos más o menos conscientes de la importancia del citado Consejo, pero lo cierto es que la sesión transcurría en tono más bien bajo, con tintes más bien de puro trámite. Tras la primera intervención del presidente, habían hablado también los portavoces de todos los grupos parlamentarios, y pareciera, dada la fecha y demás circunstancias del Pleno, que, en tiempo de réplica, el presidente se iba a limitar con cumplir con las formalidades de rigor y despedirse con un “Feliz Navidad para todo el mundo” de rigor.

No fue así. No, al menos, para mí. Para mi sorpresa Zapatero se lanzó a lo que, si no estoy muy equivocado, y la memoria no me falla, constituyó, si bien en brevedad, uno de los discursos más lúcidos, y quiero creer que más francos y sinceros, de cuantos le he escuchado desde que la crisis económica apareció entre nosotros y nos cambió –no empezó a cambiar- la vida, toda ella, la política incluida.

Fue tal mi sorpresa que, contra lo que acostumbro, al dejar el presidente la tribuna y empezar a bajar hacia su escaño, no me pude callar y le dije: “me has dejado en la duda de si en estas Navidades tengo que comer turrón o no”.

No me contestó, claro, ni se trataba de que me contestara. Pero sigo dándole vueltas al tema.

Esta vez, estoy seguro, no fue una improvisación del presidente. No hay sino que recordar cómo arrancó su réplica. “Nos encontramos –dijo- hoy ante uno de los debates que puede ser más útil a pesar de que no tenga la intensidad aparente de otros debates en esta Cámara”. No era ésa, desde luego, la sensación ambiental que reinaba en ese momento en la Cámara. Pero él quería decirlo. Y lo dijo apoyándose en dos tipos de afirmaciones. Por un lado, las referidas al momento, francamente especial y trascendente, que vive Europa, como atestiguaban las reflexiones y decisiones del Consejo del que había venido a informar. Y, por otro, las afirmaciones, las más claras y contundentes que yo he podido escuchar de boca del presidente hasta ahora, sobre el alcance y gravedad de la crisis económica en la que se encuentra sumida ahora mismo el estado español. No diré que, por primera vez –aunque debo reconocer que así me sonó- el presidente dejó sentado que la crisis que nos tiene acongojados y sobresaltados es una crisis que, en resumen, puede definirse como crisis de productividad. Había venido preparado y aportó datos: “La productividad en España, desde el año 1996 hasta el año 2007 o hasta el año 2006 ha crecido una media del 0,6 por ciento anual frente al 1,7 de la Unión Europea y el 2,2 de Estados Unidos”. Por lo que concluyó: “hemos ido abriendo una gran brecha de productividad y por tanto de competitividad con Europa y con Estados Unidos”.

Recordé, según hablaba, de todas las veces en las que, durante los seis años que llevo en el Congreso, había intentado argumentar en esa misma dirección y había recibido del Ministro/a de turno la réplica de lo bien que iba la economía en España. Y me acordé, no menos, del Zapatero que, no tanto tiempo atrás, había hablado de la España campeona que iba a alcanzar y superar a no se sabe cuantos otros Estados europeos.

Ahora parece claro para todo el mundo: esto no va. No ha venido yendo. De tiempo atrás. Y ahí, más que en las coyunturas del momento, parece estar la causa de fondo del alcance y profundidad de la crisis que vivimos, y que, como reconoció también el propio Zapatero, viviremos también en el futuro. Acotó algo ese futuro, si bien lo hizo con prudencia, con la frase textual que transcribo: “Son cinco años al menos los que vamos a necesitar para profundizar en todas y cada una de las grandes cuestiones que tenemos”.

A esas grandes cuestiones, que llevan el nombre propio de reformas estructurales, dedicó buena parte de su intervención tras el diagnóstico. He aquí las que nos esperan: Estabilidad fiscal a largo plazo, pensiones, reforma laboral, reducción de cargas administrativas y fortalecer la cooperación autonómica, reforma energética, … no sé si me dejo alguna de las que citó.

La ocasión daba para poco más que para la explicitación de los desafíos pendientes. Y en eso quedó. Si bien con algunos añadidos que, por lo que pueden dar de juego en el futuro, no me resisto a recoger.

El primero de ellos se refiere a que es Europa la que a la vez que nos exige tales reformas constituye también el marco y la oportunidad para llevarlas a cabo (en lo que personalmente estoy plenamente de acuerdo).

El segundo de los añadidos fue para hacer referencia a la oportunidad que dijo haber visto en esta ocasión, en los discursos del resto de los grupos parlamentarios, para abordar estos desafíos desde posturas de consenso. Este punto me sonó más a retórica que otra cosa. Lo iremos viendo, en todo caso, en los próximos meses.

El tercero fue para insistir, una vez más, en que él está decidido, cueste lo que cueste, a llevar a cabo dichas reformas. Lo que iremos viendo también.

Fue tras todo esto que le dije lo del turrón. Sinceramente no me esperaba ese día y con esa ocasión el discurso que soltó. Acostumbrado a escuchar a Zapatero, y a sus Ministros, en estos seis años, discursos, reflexiones y análisis que, si por algo, me han llamado la atención por un cierto escapismo y por falta de realismo en su diagnóstico económico, el pasado día 22 me llamó la atención más bien por lo contrario. ¿Estamos ante un nuevo Zapatero?”, me pregunté a mí mismo. Y no diré que me respondí, pero debe reconocer que, al menos por un momento, me pasó por la cabeza lo siguiente: ¿A ver si ahora que todo el mundo da a Zp por descontado, políticamente hablando, quienes, como yo, nunca le hemos tenido por santo de nuestra devoción vamos a tener que encomendarnos, siquiera por un tiempo, a él?

Al momento siguiente me dije a mí mismo: “Tendré que hacerme ver este ir contracorriente, no sea que…”

En esas estoy estos día de Navidad y fin de año, entre mordisco y mordisco de turrón, rumiando esto y lo otro

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About José Ramón Beloki

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