A propósito de controladores

Ha habido, como siempre, una variedad amplia de temas, parlamentariamente hablando, en la semana que hemos dejado atrás. Mucha mayor variedad de la que seguramente tienen conciencia la inmensa mayoría de los ciudadanos, incluidos entre ellos los más informados.

Entre esa variedad voy a destacar, por lo que a mi propia actividad parlamentaria se refiere, la que ha girado en torno al tema de los controladores aeronáuticos. El pasado martes, día 14, celebramos en la Comisión de Fomento una larga, y entiendo que interesante e intensa sesión parlamentaria, sobre la problemática de dicho colectivo, especialmente en el último año. Era, en algún sentido, una comparecencia que venía a complementar la que, en sesión plenaria, había presidido el jueves anterior, día 9, el propio presidente de Gobierno, informando de la decisión adoptada días antes por el ejecutivo de declarar el estado de alarma. Dos días más tarde, el pasado jueves día 16, nuevamente en sesión plenaria, a solicitud del Gobierno, mantuvimos un debate sobre, y autorizamos, la prolongación del citado estado de alarma.

No hemos celebrado todavía, con seguridad, el último de los debates al respecto. Pero, creo sinceramente, que nos vamos aclarando. Yo mismo, por no hablar de otros.

Todavía recuerdo, como si hubiera sido ayer, cómo Blanco, en una cena informal que nos ofreció en el Ministerio, recién nombrado Ministro, planteó, entre otros muchos temas, el “escándalo” de los controladores. Recuerdo que a la persona del Ministerio que se sentaba a mi derecha le dije, ya entonces: el dossier está abierto. Ahora veremos cómo se cierra. En ello seguimos. Y seguiremos.

Lo dije el jueves, cuando me tocó definir y defender la posición de mi grupo de apoyo a la prórroga del Estado de alarma. Treinta años de historia, lamentable como pocas, en las relaciones AENA-controladores no se borran así como así. Y dar con una solución al cabo de esos treinta lamentables años, no digamos nada tras los tan incomprensibles como condenables hechos protagonizados por los controladores en la tarde del día 3 y la mañana del 4 de diciembre, que llevaron al Gobierno al cierre del cielo aéreo español y a la declaración del estado de alarma, requiere mucha resolución y coraje, además de claridad de ideas.

Hemos denunciado, como nadie, el comportamiento de AENA y de sus responsables, incluidos entre ellos los sucesivos Ministros de Fomento, con relación a los controladores. Es difícil imaginar una actuación más irresponsable, además de más sostenida en el tiempo, por parte de responsables administrativos y políticos, en relación con un tema, en el origen de índole laboral que afectaba a un colectivo que al día de hoy debe afectar a alrededor de dos mil quinientas personas. Es a resultas de esta actitud como los controladores, liderados por algo que tengo mis serias dudas de que deba recibir la denominación de sindicato, han ido acumulando privilegios, en relación con sus emolumentos, con sus horarios de trabajo y un sin fin de potestades de autoorganización de su trabajo, hasta el extremo que hemos conocido en los últimos tiempos con evidente y generalizado escándalo.

La irresponsabilidad de AENA y Ministros de turno ha sido tal que no sólo se han dejado arrebatar el dinero de todos y las potestades que por ley habían sido dejadas en sus manos, sino que, además, esta dejación la llevaron, allá por el año 1999, al BOE recogiendo todas esas cesiones, ilegales incluso, en un Convenio laboral.

No es extraño que, a resultas, los controladores se hayan creído tan dueños absolutos de la situación como para lanzarse, tan irresponsable como suicidamente por lo demás, a esos hechos que supusieron, los pasados 3 y 4 de diciembre, un auténtico desastre humano para varios cientos de miles de ciudadanos/as, graves quebrantos económicos para diversos sectores, como el turístico, además de un evidentemente grave problema de imagen para un Estado, no sobrado de ella por lo demás, especialmente en estos últimos tiempos.

Lo he reconocido repetidas veces: por mucho que le doy vueltas en la cabeza no se me ocurre, a mí tampoco, qué otra medida que no fuera el Estado de alarma se podía aplicar para empezar a enderezar la situación. Y no he tenido personalmente duda alguna que, visto lo visto, tampoco había otra alternativa que la prórroga que el pasado jueves apoyamos para, si por algún lado, ir dando con una vía de salida a la situación. Apelaciones genéricas al diálogo como vía de salida, que he escuchado estos días por boca de otros representantes parlamentarios, me han parecido, vista y analizada la situación, tan sin base como cuando, como ocurre tantas veces, a falta de un acuerdo suficiente cualquiera, por ejemplo en el tema energético o en el de pensiones, oigo apelar a la necesidad de supuestos acuerdos de estado de todo el mundo. Inducen a la melancolía.

Fue allá por los meses de febrero-marzo de este año, cuando, a raíz de un Decreto Ley del Gobierno, empezamos en el Congreso a entrar a fondo en el tema de los controladores y creímos dar al Gobierno y a AENA, de forma claramente excepcional, a través de una Ley, el marco para la solución de este tema que se había envenenado hasta extremos insoportables para todo el mundo menos para los controladores. Como ocho meses después, hemos comprobado que aquel marco, y las gestiones desarrolladas por el Gobierno y AENA en el mismo, no han dado los frutos deseados e imaginados. Creímos entonces que, hecha aquella ley, una negociación seria, entre Gobierno-AENA y controladores, en el marco de la misma, podía llevar a resolver este nudo gordiano. Ahora hemos comprobado que no. Que el nudo sigue atado, tan atado, si no más, que entonces y que resolverlo requería otras medidas.

“Hemos cosechado un fracaso político en toda regla”, he dicho una y otra vez. Y me reafirmo en lo dicho.

La alarma creada por los controladores los días 3 y 4 de diciembre ha requerido de medias todavía más excepcionales que el de fijar, como hicimos con la ley aludida, los criterios que debían presidir la negociación del nuevo convenio. La declaración del Estado de alarma ha venido a acotar esa alarma que no a sembrar la misma. Cierto es que ha significado una medida de fuerzas para los controladores. Pero una medida de fuerza acotada a su trabajo en las torres de control se refiere. No les ha afectado en el resto de sus derechos. Y por lo que al resto de los ciudadanos –especialmente los que por una u otra razón tenemos que coger el avión- el estado de alarma ha significado una auténtico alivio. Ahora sólo queda que sirva también para, de una vez, convencer a los controladores que no sólo es inaceptable el que se protagonicen plantes sediciosos como los del día 3 y 4 de Diciembre, sino que tampoco pueden pretender seguir tal cual, como si nada hubiera pasado, en esa supuesta negociación de un nuevo Convenio, sustitutivo del que expiró en 2004 y al que “seis años de negociaciones” no han sabido dar salida.

Veremos cómo reaccionan ahora los controladores, en cuyo tejado está la pelota. Veo y escucho estos días a algunos representantes suyos en los medios de comunicación, y no percibo gran margen para la confianza. Pareciera como si siguieran creyendo que ese juego de sentarse a negociar (¡después de seis años¡), cobrando por cierto horas extras por esas horas de negociación (según manifestó Blanco en la comisión del martes) y con el propósito de mantener los privilegios “arrancados” en el pasado y “consagrados” en un Convenio, pudiera tener todavía margen y continuidad. A mi juicio no lo tiene. No sé qué hará el gobierno. En todo caso, cuantos antes se convenzan los controladores que los tiempos pasados son eso, tiempos pasados, mejor que mejor. Para todos, y también para ellos.

Todavía no alcanzo a entender la abstención del PP del pasado jueves en la votación de la prórroga. Es como si el mundo hubiera empezado a girar al revés: que, en su caso, el PNV y CiU hubiéramos mirado para otro lado y nos hubiéramos abstenido, podía en su caso tener la lógica de que, sabiendo que se trata de dos fuerzas políticas que no sólo no gobiernan hoy sino que tampoco van a tener que gobernar mañana, se hacen los distraídos frente a una medida que pudiera parecer complicada y no cómoda de tomar. Pero que quien se abstenga sea el PP y quienes votemos a favor seamos PNV y CiU, habla de una confusión política en la que sinceramente a quienes hay que pedir aclaración y explicaciones políticas no es a nosotros sino a quienes pomposamente se autodenominan todos los días “principal partido de la oposición llamado a gobernar”.

De todas formas, para decirlo todo: no tuve duda alguna a la hora de definir, defender y votar la posición de mi grupo de que, más allá de la formalidad de lo que cada cual votaba, más de uno y más de dos diputados/as del PP se sentían más identificados con nuestros argumentos y votos que con los suyos propios.

¡Así es la vida! Me consta, por cierto.

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About José Ramón Beloki

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