A propósito de la política catalana

La verdad es que sigo un tanto a distancia la política vasca. Preciso: lo que los medios de comunicación reflejan de ella.

Por razones varias: porque la vida no da para todo, para empezar. Pero, a estas alturas, tampoco me duelen prendas para reconocer que porque leer que el actual Gobierno vasco, surgido de la confabulación llevada a efecto por el PSOE-PP contra el PNV es “el primer gobierno vasco de izquierda después de treinta años” , como he leído hoy mismo que ha manifestado el inefable Jesús Eguiguren, induce o a la melancolía o al puro pasotismo. La escena política vasca, cada vez que, disponiendo de algún tiempo, observo la misma con algo más de proximidad y atención, me parece de día en día más surrealista: nada es lo que parece. Como si se viviera un sueño surrealista, especialmente pesado además, porque sabemos todos, o cuando menos intuimos, que no vamos a poder despertar de él durante un buen rato, dos años largos al menos.

Espero, y deseo, que las próximas elecciones forales y municipales remuevan esas aguas, que, de otra forma, con este gobierno surgido de la nada y para la nada, pueden volverse hediondas.

Me interesa más, ahora mismo, lo que está ocurriendo en Cataluña. Leo con notable mayor interés y curiosidad la prensa catalana, sus informaciones y reflexiones sobre el post 28 de noviembre.

Tengo, en primer lugar, un notable interés en qué finalmente hace y/o se propone hacer, en concreto, el nuevo President Mas. Su victoria, tras ocho años, allí sí, de eso que, con falsedad en el caso vasco, Eguiguren llama un “gobierno de izquierdas”, responde a muchas preguntas que todos nos hicimos cuando se tomó aquella decisión de “CiU fuera del gobierno”. Pero, al mismo tiempo, suscita numerosas preguntas de por dónde va a ser capaz de enderezar una política catalana que ha sido tan desastrosa en numerosos puntos, algunos especialmente delicados, como el del nuevo Estatut y que ahora mismo está francamente enrevesada.

Mi sensación es que no lo va a tener fácil. Pero iremos viendo. De ahí una parte de mi curiosidad.

Otra parte de mi curiosidad es la que se deriva del fracaso, en toda regla, que ha conocido el susodicho “gobierno de izquierdas”, y sus integrantes. No hemos visto, todavía, todas las consecuencias de lo ocurrido. Sólo hemos empezado a atisbarlas. ¿Cómo no estar curioso sobre lo que los próximos tiempos nos deparan, por ejemplo, del PSC, de Esquerra, del SI de Laporta,…?

No menos curiosidad que lo anterior suscita en mí el intentar ir percibiendo cómo los efectos en Cataluña del 28 de noviembre van a ir influyendo en la política española. No tengo la menor duda de que van a influir. En diversas direcciones. En la política estatal, como tal, en su gobernabilidad por ejemplo, y en los partidos, en cada cual, que se sienten representantes-responsables, prácticamente en exclusiva, de la misma: el PP y seguramente en este caso más, el PSOE. La intrahistoria de las relaciones PSC PSOE siempre me ha resultado de interés y curiosidad, pero, ahora mismo, tras el 28-N casi es el no va más. Apasionante (tan apasionante como anodina es, desde la perspectiva vasca, la historia “análoga” PSE-PSOE, por otra parte).

No voy a ocultar que en mi interés por seguir la política catalana de estos días (que, por lo demás, viene de atrás) está también el ir intentando dibujar las analogías y diferencias que pueda estar habiendo en estos últimos años –dejemos en los ocho últimos años- entre la situación política catalana y la vasca. Y lo que, al respecto, es previsible que ocurra en los próximos tiempos.

He visto que, tras el 28 N, el gobierno vasco y los socialistas han tenido prisa y empeño notable en decir que “una cosa es Cataluña y otra Euskadi”. Les entiendo. Aclaro: les entiendo la necesidad de decirlo. Pero cuando uno recuerda que esos mismos eran quienes, todavía ayer, frente al gobierno de Ibarretxe nos mostraban el ejemplo a seguir de Cataluña, se comprenderá que uno concluya que la necesidad de decir ese tipo de afirmaciones no se compadece necesariamente con la realidad de los hechos.

Seguiré, pues, mirando con atención, y con la ventaja de poder guardar alguna distancia respecto de ella, la política catalana. Y daré tiempo al tiempo. Porque he aquí otro hecho que, ahora mismo, me parece clave e indiscutible para no errar en los análisis y en los pronósticos: estamos metidos de lleno nuevamente, ahora ya todos, en época preelectoral. Me refiero al dato seguro de las elecciones forales/autonómicas y municipales de la próxima primavera (Tengo la impresión progresiva de que el PP, a pesar de su empeño todavía irredento de anticipar las elecciones generales, no va a lograrlo, por lo que dejo, de momento, de lado tal perspectiva).

Y ya se sabe: en épocas preelectorales, nada es exactamente lo que parece. Ni en Cataluña, ni en España, ni en Euskadi. De forma que a todo lo que se lea próximamente sobre la política catalana habrá que meterle la sordina preelectoral de rigor. Y andar con cuidado con extraer conclusiones precipitadas.

Pero ya se sabe, también: tras las elecciones nada es lo mismo. Da igual, además, qué elecciones. No se olvide la historia: la república llegó tras elecciones municipales. No preveo tanta revolución. Pero cambios, no sólo en la políticas municipales-autonómicas (donde sea) y forales (en nuestro caso) seguro. Y lo deseo. Vaya que lo deseo. No diré en cuántas cosas. Me refiero muy especialmente a Euskadi. El menor tiempo en el que las aguas estén estancadas, mejor que mejor para todos.

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About José Ramón Beloki

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