A las 10 en casa (Miguel Imaz I)

Conocí a Javier Postigo cuando llegué a la Diputación Foral de Gipuzkoa como jefe de gabinete del Diputado General, Eli Galdos. Allá por al año 1991. Trabajamos juntos, en buena sintonía en los años en los que anduve por allí, antes de mi marcha al Congreso.

Cada vez que tropezamos por alguna calle donostiarra, nos saludamos cordialmente.

Cuento todo esto, para, a continuación, dejar constancia de dos sorpresas recientes que he tenido con él. Ambas, positivas.

La primera fue cuando, el domingo 21 de noviembre, recibí una llamada suya ofreciéndome que participara en la presentación, en Madrid, cuatro días después, de su libro A las 10 en casa (Miguel Imaz, I).

La segunda sorpresa me dio la lectura del citado libro.

Veinte años después de empezar a tratarnos, me encontré con un Javier Postigo, a quien supuestamente conocía, pero que realmente no (lo que me da qué pensar, y mucho, sobre ese supuesto conocimiento con el que los seres humanos nos movemos –e incluso nos juzgamos unos a otros, hasta inmisericordemente).

“Javier no sé qué hago aquí”, arranqué mis breves palabras de presentación en la Librería La buena Vida-Café del Libro, a la que, con acierto, alguien –supongo que el propio Postigo- había invitado un amplio conjunto de personas, ellas sí más o menos directamente afectadas (no sé si es el adjetivo más propio) por el libro que se presentaba. Pero añadí, de inmediato: “En todo caso, te agradezco el que me hayasl hecho el honor de invitarme, y, junto a ello, impuesto la obligación de leer A las 10 en casa (Miguel Imaz, 1).”

Miguel Imaz I, aclaro, es la calle donostiarra en la que nació Javier Postigo, y no sé cuantos hermanos suyos más. Y el libro, para empezar, es una crónica-relato, no sé si decir novelada, de los años de infancia y pubertad de su autor, y no menos de su gentes y de gentes del barrio-pueblo-ciudad en la que han transcurrido ambas. Una crónica hecha desde la complicidad, desde la ternura y contada diáfanamente.

Esto para empezar.

Pero el libro, me pareció a mí, va más lejos. Intenté explicar a los presentes en el acto, y al propio Javier. Según avanzaba en su lectura, he tenido la sensación de que a través de las páginas del libro asomaba también, en no poca medida, una cierta crónica de mi propia vida. Según leía los detalles coloristas de la vida de Javier Postigo, me ha parecido ir escuchando una cierta música de fondo común de su vida y de la mía propia, además de la de otros muchos.

Es cierto que yo, por ejemplo, nací a sesenta y tantos kilómetros (kilómetros de los del año 1947, absolutamente distintos e infinitamente más largos que los actuales) de la Calle Miguel Imaz de San Sebastián; que en ningún momento tropecé, durante aquellos años, en ninguna de sus andanzas ni fechorías, ni con Javier Postigo ni con nadie que aparece en el libro; y que tuve un recorrido vital absolutamente distinto del que nos describe el autor como suyo.

Pero no menos cierto es que Javier Postigo, en su libro, deja asomar con naturalidad, junto a las pequeñas historias particulares, y a través de ellas, el ambiente y el transfondo de unos años en los que hemos coincidido en el tiempo, y en no se sabe en cuantas cosas más, muchos con Javier Postigo, con sus hermanos y con los nuestros, con sus amigos y los nuestros, con sus padres y los nuestros. Incluso desde la distancia y desde la diferencia. Y es mérito indiscutible del autor que haciendo sonar esa música de fondo particular y común a un tiempo, deje que a cada lector, especialmente a los que nos va siendo obligado mirar hacia atrás con cierta nostalgia, nos vayan fluyendo, con naturalidad, según se avanza en la lectura, nuestras propias historias, recuerdos y personajes, tan parecidos a los suyos por otra parte, o nos lo parece.

Eso, al menos, he sentido yo.

El libro, por todo ello, es una gozada. Yo, cuando menos, he gozado con su lectura.

Y termino con la reflexión con la que también finalicé mis breves palabras de presentación.

“Según he ido avanzando en las páginas, he ido llegando a la conclusión de que quizás la vida consista en dos vuelos de cigüeña. En el primer vuelo, una cigüeña nos trae a cada cual a su Javier Imaz I. Y nos hecha a andar para que nos dispersemos por el mundo. Al cabo de los años, no sé si la misma cigüeña u otra, tras tantas andanzas por no se sabe dónde, nos devuelve, con suerte, a cada cual a esa misma Javier Imaz I, donde nos dejó hace muchos años. Y, de regreso, vuelve uno a descubrir que toda la vida, en el fondo, está contenida en ese baúl, repleto de cosas que parecían no existir mientras andaban por ahí y que estaba en el Miguel Imaz I, de cada cual”

“El mérito tuyo, Javier Postigo, es que, además de dar con ese baúl propio, has sabido ir sacando de él, y mostrándonos a todos, con esa simplicidad y naturalidad tan difíciles, a través de las páginas de un libro –empezar a hacerlo, porque por esa vía hay cuerda para “rato- cuántos pequeños objetos, tan olvidados, guarda ese baúl, el tuyo y el de cada cual.

“Eskerrik asko”.

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