TAHÚR Y/O IMPROVISADOR

 

Imposible llevar la cuenta de las veces en las que, por ejemplo en el transcurso de una legislatura, se ha podido pedir en el Congreso, bien sea en una Comisión bien en un Pleno, un pacto de Estado en un área o en otra. Así, por sólo hacer referencia a algunos de los temas sobre los que me acuerde, sin mayor esfuerzo y sobre la marcha, he aquí algunos: Vivienda, Educación, Universidad, Investigación, Empleo, Crisis económica, Defensa, Inmigración, Terrorismo por supuesto,… ¿Sobre qué, no?

 

Es casi un comodín, un recurso fácil, más bien oratorio (pienso yo), del que se echa mano, más para dar a entender la supuesta responsabilidad con la que el orador aborda la temática en cuestión, que por cualquier otro motivo, y, desde luego, por el hecho de que se crea realmente en su viabilidad.

 

No en todas las ocasiones en las que me ha tocado intervenir tras la reclamación de tal tipo de pacto, pero sí unas cuantas veces, al escuchar tal tipo de propuesta y/o recurso oratorio, he manifestado mi escasa, mi escasísima confianza en tal tipo de propuesta. Lo he hecho argumentando que tanto supuesto pacto de estado sobre esto y lo otro, cuando resulta que hoy es el día en el que nos falta uno real actualizado sobre la organización del propio estado, me induce más a la melancolía que a la confianza en la posibilidad y en la eficacia de lo que se propone.

 

TAHURBueno. Todo esto viene, a modo de prologo, para comentar lo que indudablemente es un tema de actualidad ahora mismo, en la política española, como es el fracaso de la concertación, del diálogo social, o como carajo se la quiera denominar.

 

Adelanto mi poca confianza, también, en este tipo de concertaciones, como en los supuestos pactos de estado. Sin negar su hipotética viabilidad en casos, y su eficacia en circunstancias muy singulares, estos ejercicios me parecen, a menudo, ejercicios de propaganda y de comunicación al servicio, sobre todo, de determinados intereses políticos de turno más que, por ejemplo, sistemas para abordar con éxito problemáticas complejas y difíciles como las que vivimos ahora mismo como consecuencia de la crisis económica.

 

Un ejemplo, un tanto extremo, es cierto, pero, a mi juicio, paradigmático de lo que quiero decir. Todavía recuerdo cuando, en cierta ocasión, en la anterior legislatura, me toco asistir, en nombre de mi grupo, a una reunión urgente convocada en el Congreso de los Diputados, con ocasión de un atentado criminal de ETA,  para elaborar un comunicado de condena pactado.

 

Todavía no se me ha ido del todo la sorpresa que constituyó para mí constatar que a aquella reunión, que yo entendía destinada a los grupos parlamentarios, asistían también representantes de la patronal CEOE y de los sindicatos CCOO y UGT. ¿Y esta mezcla de política y empresa+sindicalismo?, me dije a mí mismo.

 

Hoy es el día en el que me parece que no tiene sentido. Así me he manifestado en cuantas ocasiones he tenido oportunidad. Y con ello no quiero decir evidentemente que no sea bueno, y hasta oportuno, el que a un mensaje político unitario no puedan sumarse organizaciones empresariales y sindicales (u otras). Lo que quiero subrayar es el sin sentido de mezclar los planos a conveniencia política de una u otra fuerza política (o gobierno) o, inclusive, del conjunto de ellas.

 

Cuando he comentado circunstancias como ésta con gente diversa –no sólo, por cierto, del sindicato ELA, que, al respecto, siempre han tenido claro este extremo- he recibido, a menudo una explicación para este hecho, con la que coincido en gran medida y que conviene no olvidar sean cuales sean las mismas: que la patronal, CEOE, y, también los sindicatos UGT y CCOO forman parte, ahora mismo, con peso, del “stablisment” del Estado y que, por lo mismo, nada tiene de extraño el que aparezcan en esta u otra ocasión, desempeñando ésta o aquella función. Por ejemplo, ésa que a mí me pudo extrañar aquella primera vez.

 

(Por cierto, siquiera sea de pasada, no me resisto a dejar constancia aquí de otra función, que desempeñan de forma especial las centrales sindicales señaladas, de la que tiene constancia y es sufridor nuestro grupo cada vez que reclama para Euskadi competencias en el ámbito laboral social, contempladas en el Estatuto de Gernika. Gran parte, seguramente la principal, de las razones por las que determinadas competencias de esta área no se hayan transferido, hoy todavía, a Euskadi reside justamente en la negativa frontal que los sindicatos estatales han manifestado, una y otra vez, a tal transferencia. Cierro, por el momento, el paréntesis).

 

Es basándose en esa imbricación, perjudicial a mi juicio desde todos los puntos de vista, de las fuerzas patronales y/o sindicales en el “stablisment” estatal, y en la gran dependencia que  ello origina para estas fuerzas respecto al Gobierno del Estado de turno, como Zapatero debió lanzarse, hace ya algún tiempo, a la concertación-diálogo que, al parecer, ha fracasado esta vez de forma ya definitiva.

TAHÚR CON CARTAS MARCADAS 

La reacción arisca que ha tenido Zapatero frente a la propuesta que, tras la cena de la Moncloa, le remitió la CEOE da a entender que no se la esperaba. No se esperaba que una central empresarial, tan dependiente, en tantos extremos, tanto por lo que se refiere a la propia central como, de forma particular, a miembros significados que forman parte de la misma, pudiera finalmente, sometida a las “debidas” presiones que desde la Moncloa pudiera someterles, no terminar aceptando las propuestas recogidas en el documento que les entregó el Gobierno. “Total -debió de pensar- ¿Qué importa que las propuestas que recoge el documento -principalmente interesan a los empresarios sean genéricas, poco concretas o insuficientes para ellos –salvo en algunos extremos que el Gobierno tiene decididos, y hasta anunciados, desde hace tiempo?. ¿Por qué se van a negar, esta vez, a la foto de rigor al servicio del Gobierno y de su presidente?

 

Pero, al parecer, se han negado. De ahí la sorpresa, el malestar, y la afectación casi personal que ha manifestado Zapatero en esta ocasión. La sangre no llegará al río, pero tampoco me extrañaría que, antes o después, a todos o a algunos, el presidente del Gobierno les pasara factura. Vaya Ud. a saber cuál.

 

De todas formas, era un secreto a voces la poca confianza que la clase empresarial tiene a estas alturas en la persona de Zapatero, como un presidente de Gobierno capaz de abordar la grave crisis económica por la que atravesamos. Tiende a cero. Nos sobran testimonios. De forma que, mirado desde esta perspectiva, tampoco tiene por qué extrañar en demasía el desconcierto en el que ha acabado este ejercicio, poco virtuoso, de la concertación social a la que, nos decían, estaba entregado el Gobierno de un año atrás. Más bien al contrario: era lógico.

 

Cierto es. Para ello se requerían dos condiciones. Una, que se aguantaran las evidentes presiones que habría de haber. Dos: que se supiera resistir a las, por otra parte, no menos evidentes habilidades que el Sr. Zapatero viene mostrando como encantador de las serpientes más varias.

 

Quiero decir. Si se analiza la actuación del Sr. Zapatero en los diversos envites, complicados sin lugar a dudas, a los que ha tenido que hacer frente o a los que ha entrado (él sabrá por qué razones), justo es reconocer su destreza para salir de ellos razonablemente sano y vivo. Me refiero, por ejemplo, al nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, al problema de la financiación autonómica y catalana, a las diversas aprobaciones presupuestarias, a su opción, de esta legislatura, por la “geometría variable”, a la misma negociación con ETA, a… 

 

Hace como una semana, un diputado socialista, haciendo referencia justamente a esta habilidad, me decía: “Nadie sabe cómo, pero empieza a liarla, a complicarla, a hablar de esto con uno y de aquello con otro, y a tí te puede parecer que la está liando del todo, pero resulta finalmente, sin que nadie entienda claramente cómo, que el tema sale”. Este comentario, que surgía en nuestra conversación a raíz del tema de la financiación catalana-autonómica, es válido, en gran medida, para otras muchas ocasiones en las que Zapatero, que parecía estar como contra las cuerdas, encontraba la vía de salir de ese agobio, sin que nadie acertara a explicarse claramente cómo, e incluso haciendo que más de uno se preguntara si, después de todo, estamos, como tantas veces algunos de sus amigos han dicho, ante un tahúr capaz de manejar y jugar con los tiempos como nadie.

 

Siempre he pensado que no. Pero esta vez, además, se ha comprobado que no. ¿Es el comienzo del fin de su sexto sentido? ¿O la gente, en este caso los empresarios, han dicho que basta de tanta improvisación y de tanta actitud huidiza frente a los problemas?

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About José Ramón Beloki

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